sábado, 27 de marzo de 2010

NO ME MUEVE MI DIOS PARA QUERERTE…

Ángel Pulla Dijort/Málaga

 

Jamás he utilizado con mis hijas el castigo corporal, el azote, la torta. Nunca lo he utilizado para conseguir nada. Mucho menos para conseguir que me temieran.

 

Que yo recuerde, jamás he utilizado con ellas la promesa del premio final, si conseguían algo, a lo que por otra parte estaban obligadas. Estudios, trabajos, etc, para que me quisieran.

 

Siempre intenté convencerlas de que cada uno tenemos unas obligaciones, dependiendo de nuestra situación y circunstancias, con la que debemos cumplir y que por ello no debemos esperar premio especial. Yo debo acudir a mi trabajo, y procurar que mi empresa funcione perfectamente, y para ello percibo un salario. Vosotras debéis acudir al colegio, estudiar y aprovechar para educaros, y si así lo hacéis, obtendréis buenas calificaciones y sobre todo, obtendréis una formación que os será imprescindible en vuestra  vida. Ese es el premio.

 

Nunca me ha gustado hacer promesas de premios a nadie si cumple con su obligación. No creo que por eso fuera más o menos querido en mi trabajo. Pero tampoco he abusado del palo, castigo, o amenazas para conseguir que se me respetara (no se me temiera).

 

Y no por eso se me ha querido o respetado  en mayor o menor medida. Ha habido como en todo, supongo, reparto de opiniones.

 

Por supuesto que yo no quiero más a Pepa porque me ofrezca noches locas de amor, que también, o porque me prometa banquetes de manjares exquisitos (por aquello de que al marido se le conquista por el estómago), que también.

 

Porque los arroces de la Pepa son inigualables, que conste. Solamente he conocido a una persona que preparaba un arroz mejor que ella. Era su madre, la abuela Lola. Su arroz con conejo no tenía parangón. Una delicia. Repito, yo no quiero más a la Pepa por eso. No tiene que prometerme nada de esto para que yo la quiera.

 

No soy consciente de que a nadie haya querido más o menos por sus promesas de premio, ni que a nadie haya temido por sus castigos prometidos… Aquí quizás sí tengo mis dudas. Creo que respecto a los castigos prometidos sí es cierto esa parte del poema anónimo, atribuido a Santa Teresa, a San Juan de la Cruz…

 

Sí recuerdo mis años en el internado de los curas, con sus ejercicios espirituales y esos "sermonazos" de padre espiritual, donde ya te veías penando en las calderas del infierno, sin ninguna posibilidad de redención… Eso era el temor de dios. Que dios los perdone…

 

También había alguno exageradamente partidario de "la letra con sangre entra", y que lo llevaba a rajatabla.

 

Y no por eso eran más queridos, ni más temidos. En todo caso, sí eran más odiados… No merece la pena…

 

Los que os habéis dedicado a la enseñanza, ¿creéis que merece la pena infundir temor en el alumno, con el consiguiente odio que conlleva? Se os debe querer y respetar, independientemente de las promesas o miedos que alguien pueda intentar utilizar para conseguirlos…

 

 

No me mueve, mi dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, señor, muéveme el verte

clavado en esa cruz y escarnecido…

 

 

La verdad es que nunca he tenido un sentimiento especial por las promesas recibidas o adjudicadas a dios, ni por esos castigos tan infrahumanos, predicados por sus emisarios en la tierra. De cualquier forma, si yo tuviera que elegir entre las formas en que yo quisiera ver o recordar la figura de dios, nunca elegiría esta en la que lo intenta representar o recordar el poeta. Yo lo haría, como dice la "Saeta" de Don Antonio Machado, cantada por Serrat

 

no puedo cantar ni quiero

a ese Jesús del madero

sino al que anduvo en la mar…

 

creo que ese Jesús, el que anduvo en la mar, es al que realmente se puede querer, seguir o dejar pasar, pero no temer, que es la peor opción elegida por algunos de sus seguidores…

sábado, 20 de marzo de 2010

LA HORA DE LA VERDAD

            Mayte Tudea Busto                                             

                                                                      

Algunas personas, para su desgracia, son conscientes demasiado pronto de que les ha llegado "la hora de la verdad". Esa hora en la que nos damos cuenta de que nuestro cuerpo, o su funcionamiento, ha dejado de ser un reloj de precisión y comienza a atrasarse o adelantarse, y en ciertos casos, incluso a pararse.

 

Enfermedades prematuras, infartos inesperados, y toda la variedad de dolencias que nuestro organismo es capaz de originar, se presentan a contrapié, inesperadamente, y aún superadas, dejan su huella y obligan al que las ha padecido a actuar con la cautela debida, y en muchas ocasiones les exige un tratamiento farmacológico de por vida.

 

Esta suele ser la excepción. Habitualmente, los "achaques" se  presentan a partir de los sesenta y se van asumiendo con una cierta naturalidad. "Ya no puedo caminar tan deprisa", "mi memoria está fallando", "me canso enseguida", latiguillos que se emplean con frecuencia y que son el exponente claro de un hecho irreversible: el de envejecer.

 

Y en otros casos –quizá los menos frecuentes-, el cuerpo nos engaña durante un tiempo haciéndonos creer que los años resbalan por nosotros, y que pasamos por ellos como "a través de un cristal, sin romperlo ni mancharlo".

 

Existen evidencias exteriores, no cabe duda; algunas arrugas, algunas canas, cierta pérdida de firmeza, pero nos encontramos tan bien por dentro, la vitalidad nos desborda y el cansancio es un compañero que apenas se hace sentir al acostarnos, que llegamos a considerarnos casi inmunes y desde luego distintos a la mayoría de los que nos rodean.

 

Y aún más si nuestro médico nos asegura con una sonrisa: "usted tiene una edad biológica y otra cronológica". ¡Dulce engaño!

 

De pronto, cualquier hecho fortuito, un accidente, una simple gripe, nos coloca en el lugar que nos corresponde, tomamos conciencia de la realidad y la fecha de nuestro carnet de identidad se hace evidente, por fin, para nosotros.

 

Yo tuve una abuela muy singular –digna de admiración-, a la que recuerdo y nombro todos los días de mi vida (mis hijos y mis nietos pueden confirmarlo). Muy cercana a los noventa años, atravesaba la ciudad para visitarnos y recorría andando una distancia aproximada de diez kilómetros, ignorando los consejos de sus hijos de que tomara el autobús o el tranvía para hacerlo. Esos "artefactos", como ella los llamaba, le resultaban sospechosos, y se negaba a utilizarlos por una "cuestión de principios". Pues bien, tras su larga caminata, cuando llegaba a nuestra casa y se sentaba, le decía a mi madre con toda seriedad:

"hija, no se lo que me pasa últimamente, pero me canso". ¡Con casi noventa años y diez kilómetros recorridos!

 

Y puedo asegurarles que murió unos años después, de improviso, dulcemente, sin haber padecido ninguna enfermedad, con una lucidez asombrosa y siendo completamente autónoma hasta sus últimos momentos. Y sospecho que nunca creyó que le había llegado la hora de la verdad.

sábado, 13 de marzo de 2010

MIGUEL DELIBES. ¡MILANA BONITA!

Ángel Pulla Dijort/Málaga

 

Solamente quiero hacer un recordatorio a este gran escritor, quizá falto del debido reconocimiento oficial, que ayer nos dejó. Demasiado pronto. Debió esperar algo más, hasta recibir el Nóbel hartamente merecido.

 

Si yo fuera capaz de ser escritor, creo que solamente podría parecer (aunque solo sea un poquito) a D. Miguel Delibes, no porque pretenda compararme con él, sino por que su forma de escribir – llana, sencilla, sosegada, excelentemente narrativa – es la única a la que a mi me sería posible acceder. No sería capaz de hacer lo que hicieron otros de los célebres Migueles de nuestra literatura: Cervantes, Hernández, Unamuno, etc.

 

Por culpa de una película, creo que tiene al menos tres novelas llevadas al cine, siempre que oigo hablar de Delibes, me viene a la mente el genial Paco Rabal - ¡milana bonitaaaa…! – Es la única película que me ha gustado tanto como la novela.

 

Este genial escritor prefirió vivir su vida, su tierra, sus gustos, sus gentes, y olvidar el "tronío" que le hubiera reportado su marcha a la capital. Su traslado a Madrid posiblemente le habría aportado un escalón en su trato con la crema de la sociedad y la cultura. Los hay que opinan que hubiera sido mucho más fácil su promoción al Nóbel, desde esta nueva ubicación en Madrid.

 

¡Milana bonita…! Era mucho más feliz con sus "Azarías" que arrancado de su "Castilla la Vieja", de donde no quiso salir.

 

Que la memoria te mantenga vivo en todos nosotros, maestro, y que seamos muchos los que sigamos considerándote como nuestro último clásico a fecha de hoy.

 

Don Miguel, milana bonita…

 

13 de marzo de 2010

 

domingo, 7 de marzo de 2010

LA VIDA COMO MILAGRO

Mayte Tudea Busto       

 

 

Decía Einstein: "hay apenas dos formas de ver la vida. Una es pensar que no existen los milagros. Otra es creer que todo es un milagro".

 

Ustedes a que teoría se abonan ¿a la primera o a la segunda?

 

A estas alturas de la película en que una ha consumido casi las tres cuartas partes de su vida (soy una optimista irredenta) y que ha vivido experiencias de índole tan diversa, no puede evitar el momento de la reflexión sobre esta larga secuencia que llamamos vida y esbozar algo parecido a un balance, ordenando en el "debe" y en el "haber" los hechos más significativos que nos han sucedido. Es – no puede ser de otro modo -, un balance provisional; el definitivo sólo sería posible llevarlo a cabo en el instante final, y uno, afortunadamente, desconoce cuándo y de que forma va a producirse.

 

No ignoro que existen personas desgraciadas desde que nacen hasta que mueren. Personas marcadas por el infortunio y que son acompañadas por él, sin apenas tregua, en su paso por este mundo.

 

Sin embargo, creo que lo más frecuente en nuestro recorrido vital, es el encadenamiento de sucesos o épocas gozosas, con otros en los que la fortuna – no necesariamente en el sentido material - nos vuelve la espalda, o el dolor nos sorprende con hechos luctuosos e inesperados.

 

Y pienso también, que en todas las experiencias por las que atravesamos, incluso en las más traumáticas, siempre subyace algo positivo, algo que nos hace crecer como personas, madurar, entender mejor a los otros, empatizar, en definitiva humanizarse.

 

Y en este punto para mí se encuentra el "nudo gordiano" de la  reflexión. Aunque puedan ser trascendentes las cosas que nos suceden, lo es mucho más el modo que tenemos de enfrentarnos a ellas. Y aquí se establece la gran diferencia. Si tomáramos como ejemplo dos vidas similares, con acontecimientos felices y dolorosos – como casi todas -, y preguntáramos su opinión a los que las han vivido, uno se manifestaría desgraciado y el otro contento con la que le ha correspondido.

 

"No llores por lo que has perdido, alégrate porque lo has vivido"

Ignoro de quién es esta frase, pero me abono a ella.

 

Valorar cada día todo lo bueno que tenemos, hacer proyectos, ilusionarse también con las pequeñas cosas, recordar que somos importantes para otras personas, que contamos con el afecto de nuestros amigos, y ejercitar aquello que nos gusta y nos proporciona placer, la lectura, la escritura, la música; tener la mente abierta a nuevos conocimientos, y seguir interesados siempre en aprender, porque como decía Chaplin: "en esta vida sólo podemos ser aprendices, no disponemos de tiempo para más".

 

Creo que he dejado bien claro cual es mi teoría. Y a ella me aferro con fuerza, porque hay algo mágico en mucho de lo que nos ocurre, que no podemos prever y que nos sorprende y nos maravilla.

 

Y termino con la última estrofa de un poema muy largo que he compuesto y con el que no debo cansarles:

 

Y aunque sabes incierto el futuro, al sentir

que el milagro anida,

si es milagro el vivir, obligado es decir:

¡gracias te doy vida!

 

5 de Marzo de 2010

 

sábado, 27 de febrero de 2010

LA PRUEBA DE LA SEMANA.

Tomás Morales Cañedo

Enero 2010                                      

 

                                                                 

         Uno, que es de poco pero intenso dormir, y que duerme cuando tiene sueño y pasea cuando le apetece y que lee y escribe constantemente, porque es lo que más le gusta,…

         Ese uno, (o sea yo) es amante de la radio, como fondo y como fuente de reflexiones.

 

         Hay una emisora que, a altas horas de la noche, tiene un programa titulado "La prueba de la semana".

         Consiste, a cambio de una Mp3 o algo similar, hacerle creer a alguien íntimo, a la novia, al amigo, a la madre,…una barbaridad, un hecho insólito, algo "increíble" (pero que se lo tiene que "creer") para poder conseguir el premio.

 

         Desde que "llevo un mes, cariño mío, acostándome con Nuria, que, como sabes, es tu hermana y tres años más joven que tú. Quiero que sepas mi determinación de irme a vivir con ella, así que ¡adiós!….). Y todo esto, así, en frío, con la guardia baja.

 

         O, "oye José, que quería contarte algo y no quiero que te lo tomes a mal, pero estoy acostándome con tu madre. Has visto que llevo una semana sin ir a clase, "por estar enfermo", (por eso te dije que me pasaras los apuntes), pero no es verdad. Es que cuando tu sales de casa para ir a clase a la Facul. y tu padre se ha ido al trabajo, yo me voy a tu casa y me acuesto con tu madre, hasta eso del mediodía. Pero que tú no te lo tomes como un insulto…

 

         El vocabulario de la persona que se siente ofendida no puede ser expuesto aquí. ¡La cantidad de improperios, de tacos, de insultos, de blasfemias, de sapos que salen por esas bocas,… son para oírlos, pero no para escribirlos!

 

         La última. Una hija única, universitaria, huérfana de padre, que tiene que hacerle creer a su viuda madre que ha decidido vender el piso (cuya entrada, primeras letras, avales,…los ha puesto la madre, pero que en la escritura de compraventa sólo consta la hija) y entregárselo a una secta en la que acaba de ingresar, porque está viendo la luz y el dinero no es importante en esta vida, y que, además, acabe de raparse la cabeza al cero, para que ella (la madre) vea/sepa la firme determinación de hacer lo que dice que va a hacer.

         Además "quiero que sepas que has dejado de ser mi madre, ahora lo que tengo son hermanos, en un grupo que estábamos ciegos pero que estamos encontrando y yendo por el buen camino, hacia la luz…" ¡Estoy viendo la luz, mamá! ¡Adiós!

 

         Lo que la madre dice, cómo llora, cómo grita, cómo….

 

         Y todo para, luego, al final, decirle que "ERA UNA BROMA", que era la prueba de la semana y que "tu novio, tu amigo o tu hija la ha superado con éxito, y se lleva la Mp3 o un fin de semana en Nerja.

 

         Yo no sé vosotros. Yo me cojo el coche, el AVE, el avión,… y, sin esperar a coger el móvil, me planto allí, y como no estén esperándome la policía con la camisa de fuerza,  del primer bofetón que le pego…

 

         ERA UNA BROMA.

 

         Es como si yo voy al circo con mi Santi y el domador de osos me lo coge (en broma) y me lo mete en la jaula de los osos (broma) y el oso (en broma) que no obedece las órdenes del domador y me coge a mi niño y comienza a morderlo, a zarandearlo, a tirarlo por el aire (en broma). Y cuando yo (en serio) me cojo la silla de tijera en que estaba mi niño, me lanzo a la pista y la emprendo a silletazo limpio contra el domador, contra el oso, contra el payaso que pasaba por allí, contra la trapecista, que sonríe, contra el director del circo y la madre que lo parió, y comienzo a blasfemar, y si en vez de la silla tengo una pistola a mano y cuando voy a empezar a disparar contra todo lo que se menee…

 

         ES UNA BROMA.

 

         El oso no era un oso sino un hombre metido en un vestido de oso.

         Lo que el oso zarandeaba y pisoteaba no era mi Santi sino un muñeco de trapo.

         Todo….Todo… había sido una BROMA.

 

         ¿Era BROMA el infarto que casi me da? Y la "angustia sufrida" por mí, ¿también era una Broma? ¿Era broma mi "sufrimiento angustioso"?.

 

         Pero ¿dónde está el límite entra la "broma" y el "delito"?. Y ¿quién marca ese límite?, ¿el bromista? El bromista no tiene límites porque para él eso no es real, sino un simulacro de verdad, una broma.

         ¿Sería totalmente explicable y justificable el que, yo, engañado, hubiera matado a alguien?

 

         Pero es que, ya mismo, no es que sea por teléfono, veremos en directo el cameo con Nuria, con la madre, o la cabeza rapada.

         ¿Cómo  puede uno prestarse a esa complicidad morbosa, dañina, letal, con un ser querido?

 

         ¿Cómo  puede distorsionarse la realidad de tal manera que genere en el "bromeado" ese estado tan….?

 

        

         ¿Y el infarto que casi les provoca? ¿No es real?

 

         ¿Cómo pueden ser compensados esos tres minutos de angustia por un simple artilugio o un fin de semana en la costa como recompensa?

 

         ¿Hasta dónde llega la irresponsabilidad de quien entra en ese diabólico juego, a costa, tan sólo, de un ser querido?

        

         ¿Qué hemos hecho con los valores, ¡Dios mío!?

jueves, 11 de febrero de 2010

YO FUI CAMIONERO

Ángel Pulla Dijort/Málaga

 

 

Lo único que recuerdo de mi vecino Carlos es que era minusválido, usaba muletas para "mal-andar" y que tenía muy mal genio cuando se enfadaba.

 

También recuerdo que poseía una gran habilidad con las manos para fabricar juguetes de hojalata.

 

Gracias a él, yo fui camionero en mi niñez.

 

En casa había un gran corral – o al menos así me lo parecía a mí -, que en invierno se llenaba de nieve y en verano daba una sombra magnífica. En ese corral, cuando no me apetecía irme de juegos con los amigos del cole, me refugiaba y montaba mis zonas de juego.

 

Aprovechando algunos desniveles, construí una carretera, con sus puentes, sus subidas y bajadas, e incluso un  aparcamiento y un garaje (en un fallo en la pared de la cuadra).

 

Todo muy bonito y muy aprovechable, pero… faltaba el camión. Hasta que un día pasó por allí mi vecino Carlos y me vio jugando con una caja de cartón… Sin decir nada, me fabricó un camión de hojalata, que ¡hasta giraba las ruedas delanteras!

 

Pasaba tardes enteras conduciendo mi camión por mis carreteras del corral. Y preparaba mis transportes, áridos, animales, madera, etc.

 

Debí pasar muy buenos ratos jugando en este mundo que yo me monté, porque al recordarlo me invade una gran tranquilidad. Me vienen recuerdos muy apacibles, muy agradables… eso significa que no encuentro señales de tensiones ni peleas ni de cualquier otra situación desagradable en mi recuerdo de vida de "camionero".

 

En aquel tiempo pude haber aprovechado para hacerme un niño filósofo. Tuve tiempo ¡mucho tiempo! para pensar, y de hecho lo hacía…, pero no supe aprovecharlo. Hubo un tiempo en que, tras una larga enfermedad, que casi me costó la vida, me vi obligado a abandonar los juegos de niños que implicaban un cierto riesgo, y retirarme a otros juegos más sedentarios y con más desgaste "mental que físico".

 

Si hubiera sabido aprovecharlo, podría haber desarrollado mi facultad de análisis, discusión y selección, y ahora podría competir con mi amigo en su terreno, pero no supe…   

 

Pero queda claro que yo, en mi niñez, fui camionero, experto en obras públicas y además, sin que sirva de precedente, trabajaba por amor al arte. Eso no volvió a repetirse jamás.

 

En aquellos tiempos, cuando algunos camiones llevaban una especie de depósito, o cocina, o… yo no recuerdo bien qué era aquello que llevaban atrás, en el cajón y que era de gasógeno, y tiraba el humo hacia arriba… Yo veía en mi pueblo, que bajaban de la sierra cargados de troncos de pino, y en algunas curvas del pueblo debían andar con mucho cuidado porque rozaban con esos largos palos a las paredes de enfrente.

 

Me gustaban porque no sonaban el claxon normal, sino una especie de silbido, como lo hacían los pastores a las ovejas. Y luego, en "Los Guijares", descargaban esos palos, formaban lo que nosotros llamábamos "cambras" (ignoro su causa, aunque no su significado), y en el otoño, por sus alrededores, nacían unas magníficas setas de cardo.  

 

¡De esos, de esos camioneros es de los que yo quería ser! Pero el camión que me regaló Carlos no era de ese tipo. No podía cargar palos largos para poder hacer yo mis "cambras" particulares…

 

Después, ya pasado el tiempo, poco a poco fui olvidando el oficio, abandoné el negocio, y me fui cambiando de nuevo al asunto del juego normal de un niño de seis o siete años. A mis amigos, a mis juegos, dejé la "filosofía elemental", y me metí de lleno con la más agradable disciplina del retoce, merienda, recreo, juego, pelota, etc. Eso no crea afición.

 

Por cierto, siendo más mayor, ya tenía novia, íbamos de guateque (no sé si algunos de los que me lean saben lo que era eso de "guateque". Si no lo saben que lo pregunten a sus padres, que ellos sí lo sabrán). Bueno, pues en esos guateques, especialmente cuando los hacíamos en la cámara de los padres de la Sole, en Hellín,  yo les decía a mis amigos que me dejaran encender la lumbre, porque yo de joven había sido pastor. ¡Y se lo creían!... y me dejaban encender… si podía, porque yo de pastor tengo menos que de cura…

 

Así que de niño, además de monaguillo, he tenido dos oficios: camionero y pastor. Uno de verdad…, aunque de juguete. El otro, ni siquiera de juguete, pero se lo han creído…

 

Y también, como dije anteriormente, me fui aficionando a la meditación filosófica. Lo peor es que, al no tener mentor, no supe aprovechar la ocasión y me quede en aficionado…

 

Cuando veáis a vuestros hijos jugando a algo, muy metidos en el juego, no los desaprovechéis. Preguntadles que os cuenten lo que "llevan entre manos", quizá os enteréis de que están desarrollando una misión especial, o simplemente os comenten algún pensamiento filosófico, que aunque de niño, sea capaz de haceros pensar "¡qué demonios se estará cociendo en la cabecita de esta criatura…!"

 

Y os puede sorprender…, como a mí cuando encontraba una seta al lado de la "cambra" de madera…

 

 

Agosto de 2008

miércoles, 3 de febrero de 2010

COMBATIR LA SOLEDAD

Mayte Tudea Busto

Febrero 2009

                              

He leído hace pocos días en ésos correos electrónicos que recibo y que en ocasiones me abruman por lo numerosos, que conviene romper la rutina en nuestras habituales acciones, que eso estimula la mente, que activa las conexiones entre las neuronas y  nos permite mantenernos más vivos, durante más tiempo.

 

         Tras el elogio de nuestro filósofo Tomás, precisamente a la rutina, no seré yo quien defienda la teoría anterior, ya que no tengo conocimientos científicos para hacerlo.

 

         No obstante, como soy una gran curiosa, toda novedad que se presenta en mi vida me hace sentirme interesada, inquieta, y con una sensación de estar "sobre ascuas", con los reflejos prestos para reaccionar.

 

         Sigo creyendo que lo más apasionante que tiene la vida es precisamente eso, lo imprevisible, que nada está escrito y si así fuera, afortunadamente no es un libro que podamos leer y conocer su desenlace con anticipación. Bueno, el final sí lo sabemos, es inamovible, pero no los caminos que nos llevarán a él.

 

         Y como siempre que comienzo un tema, me disperso, y voy derivando hacia otras latitudes a las que en un principio no pensaba dirigirme.

 

         Yo había iniciado esta reflexión escrita hablando de la conveniencia de romper la rutina. Y esta misma tarde, en lugar de acudir a la establecida clase de Filosofía, he participado junto con treinta y cuatro personas en un "Taller de Risoterapia" organizado por la Universidad.

 

         Y esa ruptura de la "costumbre" –de una costumbre temporal-, me ha permitido darme cuenta de algo que ya sabía, pero que se me ha mostrado de una forma mucho más evidente: la soledad que soportan muchas personas, especialmente de nuestra edad, y la carencia afectiva que padecen. Soledad física –la de no compartir el espacio propio con nadie más-, y soledad emocional, aquella que provoca el convivir con alguien y sentir que se habita en galaxias diferentes. Creo, sin lugar a dudas, que ésta última es la peor.

 

         Este Taller de Risoterapia está concebido como un juego. Un juego con derivaciones diversas, y con la pretensión de que los jugadores confiesen en voz alta el momento que están atravesando, sus frustraciones, sus expectativas y que además permite acercarse unos a otros, tocarse, abrazarse, sonreír, reírse con los demás, y también de uno mismo. Tras la relajación final inducida por una música evocadora y un texto conmovedor leído por una de las monitoras, hubo personas que no pudieron contener las lágrimas.

 

         Entiendo que ésta es una forma agradable de ruptura con lo cotidiano. Y que permite a muchas personas entreabrir esa celda en la que se sienten aprisionadas, y liberarse de algunas de las cadenas que las sujetan –mentales en su mayoría-, y abrirse a los demás reconociendo su soledad, que es uno de los caminos para dejar de estar solo.